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Hay una tentación muy común cuando se habla de accesibilidad web, y es tratarla como esa tarea que se hace al final, si queda tiempo y si el cliente la pide. Llevo años pensando que eso está mal enfocado, porque una web accesible no es una web con un añadido: es una web bien hecha. Y la mayoría de las veces, además, no cuesta tanto.

De qué hablamos

La accesibilidad es el grado en que cualquier persona, con independencia de sus capacidades, puede usar lo que has construido. El diseño universal va un paso más allá y busca que el producto sirva para todos desde el principio, sin tener que adaptarlo después para nadie en concreto.

No es una cuestión menor ni un capricho: en el ámbito de las telecomunicaciones está regulada por ley. Y detrás de esa ley hay un principio bastante razonable, que es que la información debe estar al alcance de cualquiera.

Las pautas: las WCAG

El marco de referencia son las WCAG, las pautas de accesibilidad del contenido web del W3C. Se apoyan en cuatro principios que conviene memorizar, porque resumen casi todo:

Dentro de esto hay tres niveles de conformidad: A, AA y AAA, de menos a más exigente. El objetivo sensato, y el que suelo poner como mínimo, es AA.

Los siete principios del diseño universal

Hubo un arquitecto, Ron Mace, que ya en los años ochenta planteó algo que a los informáticos nos sirve tal cual. Sus siete principios son: uso equiparable, uso flexible, simple e intuitivo, información perceptible, tolerancia al error, poco esfuerzo físico y tamaño y espacio suficientes. Leyéndolos con ojos de programador, no sobra ninguno.

Lo que se hace en el día a día

Bajando a lo concreto, hay un puñado de cosas que marcan la diferencia y que se pueden hacer sin montar ningún proyecto aparte:

Por qué merece la pena

Porque una web accesible es, casi siempre, una web más usable para todos. El contraste que ayuda a quien ve poco también ayuda a quien mira el móvil a pleno sol. El foco visible y el teclado ayudan a quien navega rápido y no quiere soltar las manos. Y los formularios bien etiquetados ayudan a todo el mundo a no equivocarse.

Es, en el fondo, el mismo criterio que aplico a otras cosas del oficio: si algo está bien hecho, se nota en todos los casos, no solo en el caso para el que lo pensaste.